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Carta a una madre

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Hoy, al depositarla en las entrañas de la tierra, me recordé de mi parto. En la soledad de este mundo, Usted y Dios entretejían mis sueños. rondaba el hambre asesina, mientras comía de su sabia, de sus anhelos y sus venas. Entre el murmullo de una tormenta de lágrimas azules, su voz era la canción de cuna que me dormía. Diluvios, terremotos, sequías, y su vientre mi refugio. Inventó unas tijeras para cortar el firmamento oscuro y estrellado, adornó con ellas mi cuna. Con el alfiler del ayer, unió los distantes días, tapó las fugas de luz en las cortinas cotidianas, y me talló un traje de futuro. Descubrió otro alfabeto, el de la mariposa y del colibrí, y deletreó la esperanza conmigo, en el pizarrón vivo de su espalda. Y lo más importante, incólume, engañó a la muerte, el desamor y el odio. Generosa, cargó sus heridas y las mías, y en humildad y justicia, caminó una parte de este sendero conmigo. Hicimos de mi piel y mis ojos, un lugar donde se juega ...

Crónica de un parto

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A la hora del atardecer, emprendimos el camino a ti. Con nuestros brazos-ramas, un musgo nuevo, una hojarasca salvadoreña y un fogón chapín, el tibio nido estaba listo para ti. Las arenillas del reloj se aferraban para no ser engullidas por “el ya es tarde”. Una sombra robusta y alta, caminaba en su mente, de aquí para allá. Era tu abuelita materna, que contaba el tiempo con sus pensamientos. Afuera y adentro del nido, un murmullo de viento y el aleteo de los colibríes: eran tu tía y abuelos paternos, que desgranaban un rosario para encontrar al final, los nuditos de tus dedos. A la par de tu mami, un centinela dormido de pie, en vela y vigilia por ti. El hambre era ansiedad y viceversa. Se llenaba el estómago, no así los pulmones que parecían respirar contra reloj. La espera fue un laberinto alegre y salpicado de emoción, pero siempre laberinto. No encontramos la salida, sólo Tú. Cerca de las doce campanadas de media noche, de la mano de una doct...

Carta a Dean Brackley S.J.

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(foto cortesía de Fr. Mauricio Cáceres OFM) Entre las paredes de cristal, el prisionero sol, observa el infinito atardecer. El día muere, La oscuridad reina Y el transeúnte no lo percibe. La lluvia esparce sus despojos, en la periferia oculta del Bronx, la soledad habita en los ojos frente al espejo del río Manhattan, New York, un paisaje gris. En este Cardoner urbano, nunca como antes, tus ojos se llenaron de claridad. Y Dios te sedujo, no en el ministerio, ni en el poder, sino en los pobres que condensan realidad. Viste la señal: La vida amenazada, el Amor no amado, otrora noche de Belén, Ángeles anunciando la paz, a los pobres y pastores. ¡Así es la gloria de Dios! Y al descubrir esta perla y su valor, vendiste con algarabía, todo lo que poseías. Tu llamado fue don y tarea, fuiste aprendiz de la vida. La universidad: las ideas, la razón, experiencias y lágrimas: amalgama cosidas al crisol de la vida. Tu logos maduró, al robustecer tus ent...