El Santo Hermano Pedro de San José de Betancourt y la defensa de los derechos humanos
EL
HERMANO PEDRO DE SAN JOSE DE BETANCOURT Y LA DEFENSA DE LOS DERECHOS HUMANOS EN LA
EPOCA COLONIAL
La defensa de los derechos humanos de
los pueblos indígenas en la época de la Colonialidad del poder, comenzó a balbucir en las mismas entrañas de
aquel sistema, con los sermones del
Fraile dominico Antonio de Montesinos en 1511 en la isla de la Española, en el
tiempo de navidad. Él sentó las bases de
un discurso liberador que, a partir de
sus reflexiones históricas y situadas, pretendieron abordar el tema con
el enfoque de que el indígena también es sujeto de derechos. Posteriormente Bartolomé de Las Casas
(1474-1566) se constituyó en uno de los defensores de los DDHH de los pueblos
indígenas, desde su cosmovisión europea, por supuesto, pero no por ello de
cierto carácter humanista, filosófico y teológico para describir la realidad
del tiempo colonial, desde la dialéctica del dominador-dominado.
Ahora bien, dentro de esa etapa oscura
de la historia latinoamericana, surgieron personajes históricos que
contribuyeron desde su propio talante, ya sea humanista, religioso y
espiritual, no sólo a una
“evangelización en términos más racionales que los violentos”, sino a un
verdadero cambio de enfoque y perspectiva respecto a la dignidad de los pueblos
indígenas y a los diferentes grupos de personas excluidas por el sistema de la Colonialidad
del poder. Aquí emerge la sencilla y profunda historia de Pedro de Betancourt,
que nació en Vila Flor, Tenerife en
marzo de 1626 y murió en la ciudad de Santiago de los Caballeros, hoy
Antigua Guatemala, en el año de 1667. ¿Qué rasgos tuvo la época en que vivió este personaje, para considerarlo también
como un defensor de los derechos humanos
en la historia de Guatemala? ¿Cuáles fueron sus aportes concretos en la defensa
de los derechos humanos, que subyacen dentro de una imagen muy devota y hasta
ascética, producto de una religiosidad popular que separa la espiritualidad de
la historia?
Todas estas cuestionantes se irán
respondiendo poco a poco, desde el punto
de vista histórico y biográfico, partiendo también de una hermenéutica a sus
escritos personales, que unen en un sentido novedoso y fresco la fe y la vida
histórica con sus ataviares y fenómenos sociales, políticos y económicos.
Si bien es cierto, que se ha
oficializado a Bartolomé de Las Casas como un mayor exponente de la defensa de
los derechos humanos de los pueblos indígenas desde el campo del debate y la teorización de los
mismos, hay que considerar diversas
formas históricas que implícitamente surgen de los principios de aquel debate,
y que han evolucionado en las diversas etapas de la historia
guatemalteca.
1.
Desarrollo del
contexto: social, político, religioso y económico y de los DDHH
La ubicación de este contexto, se
realiza de acuerdo a las etapas, o los
cuatro momentos que cronológicamente se dan en la historia y que el autor Asier Martínez de Bringas, en su
ensayo de “Los pueblos indígenas y el
discurso de los derechos humanos” presenta. Al Hermano Pedro hay que situarlo en la
segunda etapa, la de la consolidación de la construcción del sujeto colonial:
normativización legal de la violencia originaria. Dicha etapa consistirá
básicamente en el establecimiento de todo un aparato administrativo y legal,
que permitiese la administración de
estas tierras y sus diferencias específicas, desde una metrópoli establecida,
como lo era España. Esto se resume en el famoso derecho indiano que se
sintetizó en un corpus jurídico como tal.
Desde el punto de vista de las distintas
generaciones de los DDHH, podríamos hacer una pequeña descripción del contexto
social donde el Hermano Pedro le tocó vivir y dar una respuesta original,
siempre desde una cultura y valores propios de su época.
Desde
los derechos civiles y políticos
Se podría considerar que todo el sistema
colonial era un aparto jurídico y legal para el exterminio de la vida de los indígenas. La vida era
considerada no en su valor de dignidad, sino en su valor de “usufructo” y
beneficio para los conquistadores y por ende se vulneró su integridad física y moral. En menos de cincuenta años, se redujo
drásticamente la población nativa de América.
Siguiendo con las ideas de Locke, los indígenas a oponerse y
defenderse perdían sus derechos haciendo
la guerra a los españoles, permitiendo que éstos los esclavizaran.
Las leyes del Derecho indiano, son representaciones de los intereses dominantes y
criollos, y como táctica para no
provocar revueltas. Las primeras bulas papales no son más que el momento clave
para la pérdida de su dignidad y la
negación total de sus derechos. Si bien
es cierto que la ley de Burgos (1512)
parecía más sensible y preocupada por la situación de la esclavitud, acabaría legitimándola a través de la
encomienda. Las Ordenanzas Nuevas (1513) querían revertirla. Pero no fue hasta La Sublimis Deus (1537) la que establece
que el indígena es sujeto y portador de derechos, cuyas verdadera razones
obedecen al campo político y a una crisis de pérdida de hegemonía.
Con el genocidio sobre la población
indígena, el derecho indiano también trató de reducir y encuadrar la identidad
indígena dentro de los moldes europeos y occidentales, imponiendo una
cosmovisión del mundo basada en el cristianismo, totalmente contradictoria y
paradójica, al predicar el amor y el evangelio, pero subsumiendo la libertad
de expresión y de opinión, como también la libertad de religión.
Desde
los derechos económicos, sociales y culturales.
La Colonialidad del poder como un
sistema para obtener ganancias se basó principalmente en la anulación del
derecho a la propiedad individual y
colectiva, junto a la seguridad económica que de ella
deriva. Algunas tierras comunales se
conservaron, sin embargo la concepción mercantilista de la tierra, ordenó y
configuró de manera desigual la tierra. Esta práctica llevó a considerar al trabajo,
no como un instrumento de humanización, sino
todo lo contrario. Una esclavitud
más bien, que tuvo muchas modalidades: las encomiendas, los Mandamientos,
Repartimientos y habilitaciones. Es
decir, que existía todo un sistema que se le llamaba “pedagogía” para generar
réditos del valor que se obtenían del trabajo indígena, a cambio de la “salvaguardia” de la vida. Por ende sus
derechos a la alimentación, al trabajo, a
la seguridad, a la salud, a la vivienda y a la educación, eran vistas desde
ésta perspectiva. En los temas de
educación y salud, en la época colonial,
es que precisamente no se observa un cuadro muy alentador para Guatemala. Es en este campo, que el Hermano Pedro hará
un aporte importante, en la época de esa
consolidación de la colonia a partir de su normativización. Desde el punto de vista de la cultura, hay
que afirmar rotundamente que una de las víctimas de este choque fue la
identidad cultural de un pueblo, que poco a poco va emergiendo de las cenizas, para sorprender
siempre con una visión holística, integradora diferente a
la visión occidental, que es dualista y
mercantilista.
Ahora bien, desde la tercera generación de los derechos
humanos, cabe resaltar lo que ya se planteó en el sentido de que con
todo el sistema colonial y sus estructuras jurídicas, administrativas y
económicas, se limitó el derecho a la
libre autodeterminación, a su desarrollo económico, a un ambiente sano, a
beneficiarse del patrimonio común de la comunidad, y en resumidas cuentas, al derecho de la solidaridad.
2.
Biografía de
San Pedro de san José Betancur (el hermano Pedro)[1]
Miembro de la tercera orden franciscana. Fundador de los hermanos Betlemitas y hermanas betlemitas. El Santo Pedro de San José Betancourt nace en Villaflor de Tenerife el 21 de marzo de 1626 y muere en Guatemala el 25 de abril de 1667. El Hno. Pedro de San José Betancur supo leer el evangelio con los ojos de los humildes y vivió intensamente los misterios de Belén y de la Cruz, los cuales orientaron todo su pensamiento y acción de caridad. Hijo de pastores y agricultores, tuvo la gracia de ser educado por sus padres profundamente cristianos; a los 23 años abandono su nativa Tenerife y, después de 2 años, llego a Guatemala, tierra que la providencia había asignado para su apostolado misionero.
Apenas desembarcado en el nuevo mundo, una grave enfermedad lo puso en contacto
directo con los más pobres y desheredados. Recuperada inesperadamente la salud,
quiso consagrar su vida a Dios realizando los estudios eclesiásticos pero, al
no poder hacerlo, profesó como terciario en el Convento de San Francisco, en la
actual la Antigua Guatemala, con un bien determinado programa de revivir la
experiencia de Jesús de Nazaret en la humildad, la pobreza, la penitencia y el servicio
a los pobres.
En un primer momento realizó su programa como custodio y
sacristán de la ermita del santo calvario, cercana al convento franciscano, que
se convierte en el centro irradiador de su caridad. Visitó hospitales,
cárceles, las casas de los pobres; los emigrantes sin trabajo, los adolescentes
descarriados, sin instrucción y ya entregados a los vicios, para quienes logro
realizar una primera fundación para acoger a los pequeños vagabundos blancos,
mestizos y negros.
Atendió la instrucción religiosa y civil con criterios
todavía hoy calificados como modernos. Construyó un oratorio, una escuela, una
enfermería, una posada para sacerdotes que se encontraban de paso por la ciudad
y para estudiantes universitarios, necesitados de alojamiento seguro y
económico. Recordando la pobreza de la primera posada de Jesús en la tierra,
llamo a su obra “Belén”.
Otros terciarios lo imitaron, compartiendo con él la
penitencia, oración y actividad caritativa: la vida comunitaria tomo forma
cuando el Hno. Pedro escribió un reglamento, que fue adoptado también por las
mujeres que atendían a la educación de los niños; estaba surgiendo aquello que
más tarde debería tener su desarrollo natural: la orden de los y de las
Betlemitas, aún cuando estas solo obtuvieron el reconocimiento de la Santa Sede
más tarde.
El hermano Pedro se adelanto a los tiempos con métodos
pedagógicos nuevos y estableció servicios sociales no imaginables en su época,
como el hospital para convalecientes. Sus escritos espirituales son de una
agudeza y profundidad inigualables.
Muere apenas a los 41 años el que en
vida era llamado “madre de Guatemala». A más de tres siglos de distancia, la
memoria del «hombre que fue caridad» es sentida grandemente, viva y concreta,
en su nativa Tenerife, en Guatemala y en todos los lugares donde se conoce su
obra. El hermano Pedro fue beatificado solemnemente por vuestra santidad el 22
de junio de 1980, en un acontecimiento de incalculable valor pastoral y
eclesial para Guatemala y para toda América y canonizado por el Papa Juan Pablo
II, un 30 de julio del 2002.
3.
Acciones del
Hermano Pedro
Su
preocupación por la salud
Hay que comprenderla en el contexto
antes mencionado y específicamente en la defensa de la salud y la educación de
la población mayoritariamente indígena. Según los historiadores, en la misión
de los españoles, que no era de corte humanista, no venía personal médico,
recurriendo algunas ocasiones a médicos indígenas. Ya en el escrito de la
fundación de la villa de Guatemala, se manda a construir un hospital, bajo el
nombre de “El Hospital de la Misericordia”, el 22 de noviembre de 1527.[2]
Este dato se corrobora después en la primera visita pastoral que hizo el obispo
Marroquín, pues se le asignaba una renta
para ello. Sin embargo, para aquellos indígenas, que por el trabajo
extenuante y sus condiciones inhumanas y
la mala alimentación, llevaba al deterioro de su salud y a la muerte.
Por eso surgió la iniciativa de los dominicos, en brazos del padre Fray Matías
de Paz, que fundó el hospital de San Alexo, exclusivamente para el cuido de
ellos. Más tarde, en 1553, el señor
obispo Francisco Marroquín, funda
el hospital de Santiago, que era
dedicado para el asilo de los españoles enfermos, aduciendo que los indígenas ya tenían el san
Alexo. Más tarde se dio la controversia
que el Rey, con el objeto de unificar la subvención, integró los dos hospitales en uno solo, con
los consiguientes problemas entre los enfermos indígenas y españoles. Se separaron nuevamente en 1569, recuperando
su propia subvención, hasta que en 1685
logró la unificación definitiva por parte de Enrique Henríquez de Guzmán.[3]
El obispo Marroquín, viendo las
calamidades de las vírgenes pobres del siglo XVI, funda el 17 de abril de 1553,
el “Hospicio de doncellas pobres”, el primero en su género en el reino de
Guatemala, pero se incendió 1635, y
aunque se reconstruyó, se convirtió en convento.
En 1638 se funda el Hospital de San
Lázaro, cuya administración quedó bajo
los Frailes de San Juan de Dios, donde se asilaban leprosos. Pero más tarde,
éste y el Hospital de la Misericordia quedarían destruidos por el terremoto del
29 de septiembre de 1717. Por la misma
época de fundación del hospital de San
Lázaro, en 1634, se fundó un nuevo
hospital, al que le llamaron El de San Pedro, pues ahí eran asistidos, los
clérigos, sacerdotes, diáconos y toda la jerarquía.
En una sociedad colonial, basada en la
explotación de los pueblos indígenas, es evidente que en el tema salud y
educación, la prioridad no eran ellos,
sino los españoles, criollos, los clérigos y religiosas. Aunque existía un
hospital para ellos, el San Alexo, éste era subsidiado solo con $ 600 (pesos)
anuales, que se les fue concedido por la una Real cédula en 1554. Fue en este contexto que surge la pequeña
iniciativa del Hermano Pedro de San José de Betancourt, como gustaba que le
llamasen. En 1563, fundó dos hospicios,
uno de convalecientes y otro para niños. El hospital del Hermano Pedro, comenzó
primero siendo una casita con techo de
paja, cerca del barrio de Santa Cruz, que el párroco de la Iglesia de los Remedios se la donó, junto con una imagen.[4]
Su
preocupación por la educación.
La organización educativa durante el
período colonial, estuvo regida por la forma de organización feudal que los españoles
habían traído a América: era un privilegio para la minoría dominante,
representada en los encomenderos, la aristocracia y el clero. Los objetivos de
ella eran, por ende, de acuerdo a los intereses de las élites coloniales, y un
instrumento para perpetuar la represión y la tiranía. Sus métodos eran
medievales, hasta seguir la idea de que “la letra con sangre entra”. Era de un
tipo confesional, pues era monopolio de la Iglesia. Por lo tanto, había muy
pocas escuelas y era muy reducido el número de alumnos que se atendían en
ellas. Pocos eran los que llegaban más allá del conocimiento de las primeras
letras y proseguían estudios secundarios y profesionales. Los grupos mestizos y los indígenas,
permanecieron al margen de la escuela; no había ninguna razón por parte de los
encomenderos parra poder instruir a los explotados, más allá del catecismo;
pues se asociaba más la vida indígena al trabajo de la tierra, las minas, y
otras actividades relacionadas con el comercio. Aquí se presenta prácticamente el estilo de
incorporar, asimilar a la cultura indígena, en
otro tipo de cultura.[5]
Dentro de las instituciones oficiales
encargadas de brindar esa educación en la época colonial, se puede mencionar a
los conventos, bajo el mandato del Obispo Francisco Marroquín, quien al
observar los rudos procedimientos empleados por los encomenderos, quiso
proporcionar algún tipo de alivio, pero siempre, desde una mentalidad europea.[6]
El primer convento que hubo en la ciudad
de Santiago de los caballeros fue el de Santo Domingo, comenzándose a construir
en 1529, y para el 1531, ya estaba terminado, como lo atestigua la visita de
Bartolomé de las Casas a dicho convento. Aunque su visita incomodó a los
encomenderos, y hasta tal punto de llegar a apedrear el convento. Después está el Convento de San Francisco,
que algunos adoptaron la línea de la defensa de los indígenas. En este convento
se fundó la Casa de Estudios en 1575, con clases de teología, cánones y
filosofía. Anexo a éste funcionaba el Colegio de San Buenaventura, donde se
seleccionaban jóvenes con mayor aptitud para las ciencias. Cabe mencionar que estas dos órdenes de
religiosos aprendieron las lenguas indígenas para desempeñar con mayor
eficiencia sus cargos.
Se establecieron también en la ciudad de
Santiago de los Caballeros, el convento y la Orden de los Agustinos (1610, se
enseñó filosofía y teología, y por mandato real, la lengua castellana a los
indígenas), el Convento de nuestra
Señora de la Merced (1537, con estudios de Filosofía y teología, tuvo un
colegio anexo llamado el de San Jerónimo)
los religiosos de San Juan de Dios (1636, que se dedicaban al cuidado de
enfermos y servicio de los hospitales de la ciudad), la Compañía de Jesús (1582, tenía el colegio
San Lucas, junto con una escuela anexa de primeras letras y el colegio de San
Francisco Borja, destinada a la juventud, otorgando títulos con rango
universitario) y la orden Betlemita.
El aporte del Hermano Pedro, junto al
grupo de seguidores que conformaron después la Orden de los Betlemitas, era
buscar alivio a los enfermos y la enseñanza a los niños pobres, que como se ha
visto, no figuraban dentro de las
políticas educativas de la época. El
enseñaba personalmente, cuyo contenido,
desde una visión propia del
tiempo, era el catecismo, las primeras letras y los rudimentos del cálculo. A
la actividad escolar, también se le unía la caritativa, pues los niños que
acudían a su escuela eran pobres y él solía recorre la ciudad para pedir ropas
y enseres apropiados para ellos y su actividad educativa. Según los historiadores, su escuela fue muy
numerosa, pues en la mitad del siglo XVII no había otro centro de este tipo que
pudiera recibir a los niños pobres e indígenas que eran muy abundantes. Tras el terremoto de 1773, el convento de los betlemitas se destinó para
el hospicio, y la Orden se trasladó a la Nueva Guatemala de la Asunción, donde
tenían espacios más grandes para la
escuela, el hospicio, para los peregrinos desvalidos y enfermería para
convalecientes.[7]
4.
Interpretación
histórica de la obra del Hermano Pedro
Pareciera que el Hermano Pedro tuviera
ciertas influencias místicas, sin embargo el elemento dominante de su santidad
fue lo que se denomina su celo apostólico-caritativo
espiritual y material.[8] Esta tarea caritativa, cuya inspiración se
basaba en una experiencia cristiana que él tuvo de Cristo, se dirigió en tres
direcciones: los niños pobres sin educación religiosa y escolar, los enfermos y
los menesterosos; los pecadores.
En todos los casos, el Hermano Pedro se
autoidentificaba como el “cirineo” de
todas las cruces de los prójimos, socorriéndolos como “piadosa madre”. Por eso que su amor y afecto, lo llevaba de
una manera especial hacia los niños de las calles, los forasteros, los
esclavos, los forzados y los presos; los negros y los indígenas; los
convalecientes y las prostitutas. Ese
era su deseo: llevarlos a Cristo, pero sin descuidar sus necesidades materiales.
Para todos su biógrafos, el Hermano
Pedro mostraba una incansable caridad hacia los niños, necesitados y
enfermos. No discriminándolos por
fronteras de razas, religión, sexo, estados sociales y nacionalidades. Ellos
decían que donde había una necesidad, allá esta él, en los hospitales, en las
cárceles, en la calle, en las familias y hasta en los conventos. Al llegar a Santiago, comenzó a compartir la
suerte de los pordioseros, ayudaba a terminar las tareas de los esclavos y su
hora de descanso los catequizaba. Los domingos y días de asueto, reunía a los
niños de la calle y visitaba a los leprosos en el hospital de San Lázaro. La decisión de fundar un hospital y una
escuela para los niños de la calle, no fue improvisada, sino gradualmente se
preparaba, pues miraba que era una de las necesidades más urgentes de la
ciudad. Frente a estos hechos, sus
biógrafos también dan testimonio de que se siente comprometido con la situación real de la gente necesitada, pero también
reconoce sus propios límites.
También su actitud caritativa y asistencialista,
no lo llevó a cerrar los ojos frente a la situación de abundancia que pasaban
los ricos y las autoridades, y les reprochaba a comprometerse y ocuparse de los
pobres, de forma original lo hacía a través de coplas: “Fuera de peligro está
–lo que a los pobres dieres- que lo que en ellos despendieres – guardado lo
hallarás”. Y en varias ocasiones se dirigió al Obispo para pedirle comida para
sus pobres. Para ello recurría al sistema de la “olla”, comprometiendo a varias
familias acomodadas a procurar un día al mes cada una el almuerzo para todos
ellos. Es decir, el hermano Pedro tuvo
la capacidad de involucrar a toda una ciudad en su pequeña obra. Pero dicha obra caritativa no solo se trataba de socorrer con pan, sino que todo
el día visitaba los hospitales y cárceles, llevando provisiones como alguna
palabra de consuelo. Era hasta tal punto su solicitud que sus biógrafos dicen que atendía a los enfermos e infecciosos, limpiándoles las llagas con su
misma lengua, cargándolos en sus hombros hacia su hospital, lavándoles los pies.
Es decir, que el ejercicio de la caridad y la solidaridad era más
importante que las penitencias. Todo eso por una sola razón, hacer presente el
amor que Cristo manifestó a los seres
humanos a través de lo que se llama la
encarnación y su pasión. Pedro no
soportaba la indiferencia al amor de Dios, que era la indiferencia hacia
los más pobres, pues en su concepción de Dios, no cabía otra idea y experiencia
que no fuera que “Dios es Vida”. Esto
contradecía, deslegitimaba la misma
idea del Dios de la Colonialidad del
Poder. En nombre de Dios sólo se puede dar vida; no se puede esclavizar, ni
torturar, aun cuando hayan existido un derecho indiano y ciertas formas para
hacer más racional la evangelización. Esto
invertía la idea de Dios de los españoles y por supuesto descalificaba toda una
estructura colonial que aniquiló,
explotó a los pueblos indígenas en nombre de intereses extranjeros
disfrazados de religión.
5.
Conclusiones
·
En la época de la Colonialidad del Poder, como
se ha llamado en nuestro curso, existen ejemplos claros y concretos de la
defensa de los derechos humanos, en un ambiente donde en nombre de los derechos
de los españoles, se aniquiló y explotó a los indígenas.
·
Todos los personajes, movimientos, o
acontecimientos que pueden figurar en esta lista e historia de la defensa de los pueblos
indígenas, parten desde su propia cultura e instrumental de la época. Desde
nuestra perspectiva, podrían tener ciertas limitaciones o
incongruencias, sin embargo, desde su propio contexto, figuran de manera
excepcional y destacada, por su claridad, la concreción de sus obras y el
seguimiento de sus intuiciones.
·
La vida del
Hermano Pedro de San José de Betancur, está articulada en torno a la unión de la fe y
la vida histórica; es decir, que desde su inspiración y motivación
profundamente humana y espiritual, supo
decidir y ubicarse en una situación de flagrante violación a los derechos
humanos, no del lado del violador, sino de la víctima y desde su talante
propio proponer alternativas.
·
La vida y obra del hermano Pedro, desde una
hermenéutica de los derechos humanos hoy, constituye no solo un discurso, sino
una acción concreta a favor de los derechos sociales, económicos y culturales,
para resumir en el prioritario de todo sistema democrático: la dignidad y el
respeto a la vida humana.
· El personaje del Hermano Pedro necesita recobrar su valor, no solo como religioso, sino como un precursor de la alfabetización y educación, como también de la historia de la Medicina en Guatemala, no se diga su alto contenido en la materia de la defensa de los derechos humanos en Guatemala.
Bibliografía:
- MURATORI, Cosme Damián, Escritos del Beato Hermano Pedro de San José Betancur, Provincia Franciscana “Nuestra Señora de Guadalupe”, 2001.
- MURATORI, Damián Cosme, Fr., El perfil Histórico-espiritual del Beato Hermano Pedro de San José de Betancur y elementos originarios y constitutivos de la fraternidad Betlemita, Extracto de la disertación doctoral, Facultad de Teología, Instituto de Espiritualidad, Pontifica Universidad Gregoriana, Roma 2000.
- ASTURIAS, Francisco, Historia de la medicina en Guatemala, Guatemala, 1950.
- SAMAYOA, Otto, Vida popular del Beato Pedro de San José de Betancourt, Guatemala, 3ª. Edición, 1991
- GONZÁLEZ ORELLANA, Carlos, Historia de la Educación en Guatemala, Guatemala, 1950.
- Fuente electrónica://www.lasbiografias.com/santoral/300_San-pedro-de-san-jose-de-betancur/
[1] Tomado de
http://www.lasbiografias.com/santoral/300_San-pedro-de-san-jose-de-betancur/
[2] ASTURIAS, Francisco, Historia de la medicina en Guatemala, Guatemala,
1050, p. 65.
[3] ASTURIAS, Francisco Ídem. P. 67.
[4] SAMAYOA, Otto, Vida popular del
Beato Pedro de San José de Betancourt, Guatemala, 3ª. Edición, 1991, p. 37.
[5] GONZÁLEZ ORELLANA, Carlos, Historia
de la Educación en Guatemala, Guatemala, 1950, p. 69
[6] Ídem, p. 70
[7] Ídem, p. 84.
[8] MURATORI, Damián Cosme, Fr., El
perfil Histórico-espiritual del Beato Hermano Pedro de San José de Betancur y
elementos originarios y constitutivos de la fraternidad Betlemita, Extracto
de la disertación doctoral, Facultad de Teología, Instituto de Espiritualidad,
Pontifica Universidad Gregoriana, Roma 2000, p. 90.
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