El Santo Hermano Pedro de San José de Betancourt y la defensa de los derechos humanos



Ilustración: Edwin Martinez

EL HERMANO PEDRO DE SAN JOSE DE BETANCOURT Y LA DEFENSA DE LOS DERECHOS HUMANOS EN LA EPOCA COLONIAL

 

La defensa de los derechos humanos de los pueblos indígenas en la época de la Colonialidad del poder, comenzó  a balbucir en las mismas entrañas de aquel  sistema, con los sermones del Fraile dominico Antonio de Montesinos en 1511 en la isla de la Española, en el tiempo de navidad.  Él sentó las bases de un discurso liberador que, a partir de  sus reflexiones históricas y situadas, pretendieron abordar el tema con el enfoque de que el indígena también es sujeto de derechos.  Posteriormente Bartolomé de Las Casas (1474-1566) se constituyó en uno de los defensores de los DDHH de los pueblos indígenas, desde su cosmovisión europea, por supuesto, pero no por ello de cierto carácter humanista, filosófico y teológico para describir la realidad del tiempo colonial, desde la dialéctica del dominador-dominado.  

Ahora bien, dentro de esa etapa oscura de la historia latinoamericana, surgieron personajes históricos que contribuyeron desde su propio talante, ya sea humanista, religioso y espiritual,  no sólo a una “evangelización en términos más racionales que los violentos”, sino a un verdadero cambio de enfoque y perspectiva respecto a la dignidad de los pueblos indígenas y a los diferentes grupos de personas excluidas por el sistema de la Colonialidad del poder. Aquí emerge la sencilla y profunda historia de Pedro de Betancourt, que nació en Vila Flor, Tenerife en  marzo de 1626 y murió en la ciudad de Santiago de los Caballeros, hoy Antigua Guatemala, en el año de 1667.  ¿Qué rasgos tuvo la época en que vivió este personaje, para considerarlo también como un  defensor de los derechos humanos en la historia de Guatemala? ¿Cuáles fueron sus aportes concretos en la defensa de los derechos humanos, que subyacen dentro de una imagen muy devota y hasta ascética, producto de una religiosidad popular que separa la espiritualidad de la historia?

Todas estas cuestionantes se irán respondiendo poco a poco,  desde el punto de vista histórico y biográfico, partiendo también de una hermenéutica a sus escritos personales, que unen en un sentido novedoso y fresco la fe y la vida histórica con sus ataviares y fenómenos sociales, políticos y económicos.  

Si bien es cierto, que se ha oficializado a Bartolomé de Las Casas como un mayor exponente de la defensa de los derechos humanos de los pueblos indígenas desde  el campo del debate y la teorización de los mismos,  hay que considerar diversas formas históricas que implícitamente surgen de los principios de aquel debate, y que  han evolucionado  en las diversas etapas de la historia guatemalteca.

 1.    Desarrollo del contexto: social, político, religioso y económico y  de los DDHH

La ubicación de este contexto, se realiza de acuerdo a las etapas,  o los cuatro momentos que cronológicamente se dan en la historia y que  el autor Asier Martínez de Bringas, en su ensayo de  “Los pueblos indígenas y el discurso de los derechos humanos” presenta.  Al Hermano Pedro hay que situarlo en la segunda etapa, la de la consolidación de la construcción del sujeto colonial: normativización legal de la violencia originaria. Dicha etapa consistirá básicamente en el establecimiento de todo un aparato administrativo y legal, que permitiese la administración  de estas tierras y sus diferencias específicas, desde una metrópoli establecida, como lo era España. Esto se resume en el famoso derecho indiano que se sintetizó en un corpus jurídico como tal.

Desde el punto de vista de las distintas generaciones de los DDHH, podríamos hacer una pequeña descripción del contexto social donde el Hermano Pedro le tocó vivir y dar una respuesta original, siempre desde una cultura y valores propios de su época.

 

Desde los  derechos civiles y políticos

Se podría considerar que todo el sistema colonial era un aparto jurídico y legal para el exterminio de la vida de los indígenas. La vida era considerada no en su valor de dignidad, sino en su valor de “usufructo” y beneficio para los conquistadores y por ende se vulneró su integridad física y moral. En menos de cincuenta años, se redujo drásticamente la población nativa de América.  Siguiendo con las ideas de Locke, los indígenas a oponerse y defenderse  perdían sus derechos haciendo la guerra a los españoles, permitiendo que éstos los esclavizaran.

Las leyes del Derecho indiano, son  representaciones de los intereses dominantes y criollos,  y como táctica para no provocar revueltas. Las primeras bulas papales no son más que el momento clave para la pérdida de su dignidad y la negación total de sus derechos.  Si bien es cierto que  la ley de Burgos (1512) parecía más sensible y preocupada por la situación de la esclavitud,  acabaría legitimándola a través de la encomienda. Las Ordenanzas Nuevas (1513) querían revertirla. Pero no fue hasta La Sublimis Deus (1537) la que establece que el indígena es sujeto y portador de derechos, cuyas verdadera razones obedecen al campo político y a una crisis de pérdida de hegemonía.

Con el genocidio sobre la población indígena, el derecho indiano también trató de reducir y encuadrar la identidad indígena dentro de los moldes europeos y occidentales, imponiendo una cosmovisión del mundo basada en el cristianismo, totalmente contradictoria y paradójica, al predicar el amor y el evangelio, pero subsumiendo  la libertad de expresión y de opinión, como también la libertad de religión.

 

 A través del requerimiento, que era en sí mismo una advertencia y una justificación al uso de la violencia por parte de los españoles, se le anuló su libertad de resistencia, y al invadir los centros poblaciones indígenas, la inviolabilidad de su domicilio.  Los que fueron errantes en una tierra que era de todos, fueron reducidos a poblados,  restringiendo su libertad de movimiento o libre tránsito.   Y así, con la construcción de un sujeto colonial, que era sobre todo el no-otro fundado en ideas como por ejemplo el de la “raza”, y un marco jurídico que hacía legal dicha situación, se les redujo su autonomía, su participación en asuntos de su  pueblo.

 

Desde los derechos económicos, sociales y culturales.

 

La Colonialidad del poder como un sistema para obtener ganancias se basó principalmente en la anulación del derecho a la propiedad individual y colectiva,  junto a la seguridad económica que de ella deriva.  Algunas tierras comunales se conservaron, sin embargo la concepción mercantilista de la tierra, ordenó y configuró  de manera desigual la tierra.   Esta práctica llevó a considerar al trabajo, no como un instrumento de humanización, sino  todo lo contrario.  Una esclavitud más bien, que tuvo muchas modalidades: las encomiendas, los Mandamientos, Repartimientos y habilitaciones.  Es decir, que existía todo un sistema que se le llamaba “pedagogía” para generar réditos del valor que se obtenían del trabajo indígena, a cambio de  la “salvaguardia” de la vida. Por ende sus derechos a la alimentación, al trabajo, a la seguridad, a la salud, a la vivienda y a la educación, eran vistas desde ésta perspectiva.  En los temas de educación y salud, en  la época colonial, es que precisamente no se observa un cuadro muy alentador para Guatemala.  Es en este campo, que el Hermano Pedro hará un aporte  importante, en la época de esa consolidación de la colonia a partir de su normativización.   Desde el punto de vista de la cultura, hay que afirmar rotundamente que una de las víctimas de este choque fue la identidad cultural de un pueblo, que poco a poco va  emergiendo de las cenizas, para sorprender siempre  con  una visión holística, integradora diferente a la visión occidental, que  es dualista y mercantilista.

Ahora bien,  desde la tercera generación de los derechos humanos,  cabe resaltar  lo que ya se planteó en el sentido de que con todo el sistema colonial y sus estructuras jurídicas, administrativas y económicas, se limitó el derecho a la libre autodeterminación, a su desarrollo económico, a un ambiente sano, a beneficiarse del patrimonio común de la comunidad,  y en resumidas cuentas, al derecho de la solidaridad.

  

2.    Biografía de San Pedro de san José Betancur (el hermano Pedro)[1]

 

Miembro de la tercera orden franciscana. Fundador de los hermanos Betlemitas y hermanas betlemitas. El Santo Pedro de San José Betancourt nace en Villaflor de Tenerife el 21 de marzo de 1626 y muere en Guatemala el 25 de abril de 1667.   El Hno. Pedro de San José Betancur supo leer el evangelio con los ojos de los humildes y vivió intensamente los misterios de Belén y de la Cruz, los cuales orientaron todo su pensamiento y acción de caridad. Hijo de pastores y agricultores, tuvo la gracia de ser educado por sus padres profundamente cristianos; a los 23 años abandono su nativa Tenerife y, después de 2 años, llego a Guatemala, tierra que la providencia había asignado para su apostolado misionero.


Apenas desembarcado en el nuevo mundo, una grave enfermedad lo puso en contacto directo con los más pobres y desheredados. Recuperada inesperadamente la salud, quiso consagrar su vida a Dios realizando los estudios eclesiásticos pero, al no poder hacerlo, profesó como terciario en el Convento de San Francisco, en la actual la Antigua Guatemala, con un bien determinado programa de revivir la experiencia de Jesús de Nazaret en la humildad, la pobreza, la penitencia y el servicio a los pobres.

En un primer momento realizó su programa como custodio y sacristán de la ermita del santo calvario, cercana al convento franciscano, que se convierte en el centro irradiador de su caridad. Visitó hospitales, cárceles, las casas de los pobres; los emigrantes sin trabajo, los adolescentes descarriados, sin instrucción y ya entregados a los vicios, para quienes logro realizar una primera fundación para acoger a los pequeños vagabundos blancos, mestizos y negros.

 

Atendió la instrucción religiosa y civil con criterios todavía hoy calificados como modernos. Construyó un oratorio, una escuela, una enfermería, una posada para sacerdotes que se encontraban de paso por la ciudad y para estudiantes universitarios, necesitados de alojamiento seguro y económico. Recordando la pobreza de la primera posada de Jesús en la tierra, llamo a su obra “Belén”.

Otros terciarios lo imitaron, compartiendo con él la penitencia, oración y actividad caritativa: la vida comunitaria tomo forma cuando el Hno. Pedro escribió un reglamento, que fue adoptado también por las mujeres que atendían a la educación de los niños; estaba surgiendo aquello que más tarde debería tener su desarrollo natural: la orden de los y de las Betlemitas, aún cuando estas solo obtuvieron el reconocimiento de la Santa Sede más tarde.

El hermano Pedro se adelanto a los tiempos con métodos pedagógicos nuevos y estableció servicios sociales no imaginables en su época, como el hospital para convalecientes. Sus escritos espirituales son de una agudeza y profundidad inigualables.

 

Muere apenas a los 41 años el que en vida era llamado “madre de Guatemala». A más de tres siglos de distancia, la memoria del «hombre que fue caridad» es sentida grandemente, viva y concreta, en su nativa Tenerife, en Guatemala y en todos los lugares donde se conoce su obra. El hermano Pedro fue beatificado solemnemente por vuestra santidad el 22 de junio de 1980, en un acontecimiento de incalculable valor pastoral y eclesial para Guatemala y para toda América y canonizado por el Papa Juan Pablo II, un 30 de julio del 2002.

 

3.    Acciones del Hermano Pedro

 

Su preocupación por la salud

Hay que comprenderla en el contexto antes mencionado y específicamente en la defensa de la salud y la educación de la población mayoritariamente indígena. Según los historiadores, en la misión de los españoles, que no era de corte humanista, no venía personal médico, recurriendo algunas ocasiones a médicos indígenas. Ya en el escrito de la fundación de la villa de Guatemala, se manda a construir un hospital, bajo el nombre de “El Hospital de la Misericordia”, el 22 de noviembre de 1527.[2] Este dato se corrobora después en la primera visita pastoral que hizo el obispo Marroquín,  pues se le asignaba una renta para ello.   Sin embargo, para  aquellos indígenas, que por el trabajo extenuante y sus condiciones inhumanas y  la mala alimentación, llevaba al deterioro de su salud y a la muerte. Por eso surgió la iniciativa de los dominicos, en brazos del padre Fray Matías de Paz, que fundó el hospital de San Alexo, exclusivamente para el cuido de ellos.  Más tarde, en 1553, el señor obispo Francisco  Marroquín, funda el  hospital de Santiago, que era dedicado para el asilo de los españoles enfermos,  aduciendo que los indígenas ya tenían el san Alexo.  Más tarde se dio la controversia que el Rey, con el objeto de unificar la subvención,  integró los dos hospitales en uno solo, con los consiguientes problemas entre los enfermos indígenas y españoles.  Se separaron nuevamente en 1569, recuperando su propia subvención, hasta que en 1685  logró la unificación definitiva por parte de Enrique Henríquez de  Guzmán.[3]

El obispo Marroquín, viendo las calamidades de las vírgenes pobres del siglo XVI, funda el 17 de abril de 1553, el “Hospicio de doncellas pobres”, el primero en su género en el reino de Guatemala, pero se incendió  1635, y aunque se reconstruyó, se convirtió en convento.   

En 1638 se funda el Hospital de San Lázaro,  cuya administración quedó bajo los Frailes de San Juan de Dios, donde se asilaban leprosos. Pero más tarde, éste y el Hospital de la Misericordia quedarían destruidos por el terremoto del 29 de septiembre de 1717.  Por la misma época de  fundación del hospital de San Lázaro,  en 1634, se fundó un nuevo hospital, al que le llamaron El de San Pedro, pues ahí eran asistidos, los clérigos, sacerdotes, diáconos y toda la jerarquía.

En una sociedad colonial, basada en la explotación de los pueblos indígenas, es evidente que en el tema salud y educación,  la prioridad no eran ellos, sino los españoles, criollos, los clérigos y religiosas. Aunque existía un hospital para ellos, el San Alexo, éste era subsidiado solo con $ 600 (pesos) anuales, que se les fue concedido por la una Real cédula en 1554.   Fue en este contexto que surge la pequeña iniciativa del Hermano Pedro de San José de Betancourt, como gustaba que le llamasen.  En 1563, fundó dos hospicios, uno de convalecientes y otro para niños.  El hospital del Hermano Pedro, comenzó primero  siendo una casita con techo de paja, cerca del barrio de Santa Cruz, que el párroco de la Iglesia de los Remedios  se la donó, junto con una imagen.[4]

 

Su preocupación por la educación.

 

La organización educativa durante el período colonial, estuvo regida por la forma de organización feudal que los españoles habían traído a América: era un privilegio para la minoría dominante, representada en los encomenderos, la aristocracia y el clero. Los objetivos de ella eran, por ende, de acuerdo a los intereses de las élites coloniales, y un instrumento para perpetuar la represión y la tiranía. Sus métodos eran medievales, hasta seguir la idea de que “la letra con sangre entra”. Era de un tipo confesional, pues era monopolio de la Iglesia. Por lo tanto, había muy pocas escuelas y era muy reducido el número de alumnos que se atendían en ellas. Pocos eran los que llegaban más allá del conocimiento de las primeras letras y proseguían estudios secundarios y profesionales.  Los grupos mestizos y los indígenas, permanecieron al margen de la escuela; no había ninguna razón por parte de los encomenderos parra poder instruir a los explotados, más allá del catecismo; pues se asociaba más la vida indígena al trabajo de la tierra, las minas, y otras actividades relacionadas con el comercio.  Aquí se presenta prácticamente el estilo de incorporar, asimilar a la cultura indígena, en  otro tipo de cultura.[5] 

Dentro de las instituciones oficiales encargadas de brindar esa educación en la época colonial, se puede mencionar a los conventos, bajo el mandato del Obispo Francisco Marroquín, quien al observar los rudos procedimientos empleados por los encomenderos, quiso proporcionar algún tipo de alivio, pero siempre, desde una mentalidad europea.[6]

El primer convento que hubo en la ciudad de Santiago de los caballeros fue el de Santo Domingo, comenzándose a construir en 1529, y para el 1531, ya estaba terminado, como lo atestigua la visita de Bartolomé de las Casas a dicho convento. Aunque su visita incomodó a los encomenderos, y hasta tal punto de llegar a apedrear el convento.  Después está el Convento de San Francisco, que algunos adoptaron la línea de la defensa de los indígenas. En este convento se fundó la Casa de Estudios en 1575, con clases de teología, cánones y filosofía. Anexo a éste funcionaba el Colegio de San Buenaventura, donde se seleccionaban jóvenes con mayor aptitud para las ciencias.  Cabe mencionar que estas dos órdenes de religiosos aprendieron las lenguas indígenas para desempeñar con mayor eficiencia sus cargos.

 

Se establecieron también en la ciudad de Santiago de los Caballeros, el convento y la Orden de los Agustinos (1610, se enseñó filosofía y teología, y por mandato real, la lengua castellana a los indígenas), el Convento de  nuestra Señora de la Merced (1537, con estudios de Filosofía y teología, tuvo un colegio anexo llamado el de San Jerónimo)  los religiosos de San Juan de Dios (1636, que se dedicaban al cuidado de enfermos y servicio de los hospitales de la ciudad),  la Compañía de Jesús (1582, tenía el colegio San Lucas, junto con una escuela anexa de primeras letras y el colegio de San Francisco Borja, destinada a la juventud, otorgando títulos con rango universitario)  y la orden Betlemita.

 

El aporte del Hermano Pedro, junto al grupo de seguidores que conformaron después la Orden de los Betlemitas, era buscar alivio a los enfermos y la enseñanza a los niños pobres, que como se ha visto, no figuraban  dentro de las políticas educativas de la época.  El enseñaba personalmente, cuyo contenido,  desde una visión  propia del tiempo, era el catecismo, las primeras letras y los rudimentos del cálculo. A la actividad escolar, también se le unía la caritativa, pues los niños que acudían a su escuela eran pobres y él solía recorre la ciudad para pedir ropas y enseres apropiados para ellos y su actividad educativa.  Según los historiadores, su escuela fue muy numerosa, pues en la mitad del siglo XVII no había otro centro de este tipo que pudiera recibir a los niños pobres e indígenas que eran muy abundantes.  Tras el terremoto de 1773,  el convento de los betlemitas se destinó para el hospicio, y la Orden se trasladó a la Nueva Guatemala de la Asunción, donde tenían espacios más grandes para  la escuela, el hospicio, para los peregrinos desvalidos y enfermería para convalecientes.[7]  

 

4.    Interpretación histórica de la obra del Hermano Pedro

Pareciera que el Hermano Pedro tuviera ciertas influencias místicas, sin embargo el elemento dominante de su santidad fue lo que se denomina su celo apostólico-caritativo espiritual y material.[8]  Esta tarea caritativa, cuya inspiración se basaba en una experiencia cristiana que él tuvo de Cristo, se dirigió en tres direcciones: los niños pobres sin educación religiosa y escolar, los enfermos y los menesterosos; los pecadores.

En todos los casos, el Hermano Pedro se autoidentificaba  como el “cirineo” de todas las cruces de los prójimos, socorriéndolos como “piadosa madre”.  Por eso que su amor y afecto, lo llevaba de una manera especial hacia los niños de las calles, los forasteros, los esclavos, los forzados y los presos; los negros y los indígenas; los convalecientes y las prostitutas.   Ese era su deseo: llevarlos a Cristo, pero sin descuidar sus necesidades materiales.  

Para todos su biógrafos, el Hermano Pedro mostraba una incansable caridad hacia los niños, necesitados y enfermos.  No discriminándolos por fronteras de razas, religión, sexo, estados sociales y nacionalidades. Ellos decían que donde había una necesidad, allá esta él, en los hospitales, en las cárceles, en la calle, en las familias y hasta en los conventos.  Al llegar a Santiago, comenzó a compartir la suerte de los pordioseros, ayudaba a terminar las tareas de los esclavos y su hora de descanso los catequizaba. Los domingos y días de asueto, reunía a los niños de la calle y visitaba a los leprosos en el hospital de San Lázaro.  La decisión de fundar un hospital y una escuela para los niños de la calle, no fue improvisada, sino gradualmente se preparaba, pues miraba que era una de las necesidades más urgentes de la ciudad.   Frente a estos hechos, sus biógrafos también dan testimonio de que se siente comprometido  con la situación  real de la gente necesitada, pero también reconoce sus propios límites.

También su actitud caritativa y asistencialista, no lo llevó a cerrar los ojos frente a la situación de abundancia que pasaban los ricos y las autoridades, y les reprochaba a comprometerse y ocuparse de los pobres, de forma original lo hacía a través de coplas: “Fuera de peligro está –lo que a los pobres dieres-  que lo  que en ellos despendieres – guardado lo hallarás”. Y en varias ocasiones se dirigió al Obispo para pedirle comida para sus pobres. Para ello recurría al sistema de la “olla”, comprometiendo a varias familias acomodadas a procurar un día al mes cada una el almuerzo para todos ellos.   Es decir, el hermano Pedro tuvo la capacidad de involucrar a toda una ciudad en su pequeña obra.  Pero dicha obra caritativa no solo  se trataba de socorrer con pan, sino que todo el día visitaba los hospitales y cárceles, llevando provisiones como alguna palabra de consuelo. Era hasta tal punto su solicitud que sus biógrafos  dicen que atendía a los enfermos  e infecciosos, limpiándoles las llagas con su misma lengua, cargándolos en sus hombros hacia su hospital, lavándoles  los pies.   Es decir, que el ejercicio de la caridad y la solidaridad era más importante que las penitencias. Todo eso por una sola razón, hacer presente el amor que Cristo  manifestó a los seres humanos a través de lo que se llama la encarnación y su pasión. Pedro no  soportaba la indiferencia al amor de Dios, que era la indiferencia hacia los más pobres, pues en su concepción de Dios, no cabía otra idea y experiencia que no fuera que  “Dios es Vida”. Esto contradecía,  deslegitimaba la misma idea  del Dios de la Colonialidad del Poder. En nombre de Dios sólo se puede dar vida; no se puede esclavizar, ni torturar, aun cuando hayan existido un derecho indiano y ciertas formas para hacer más racional la evangelización.   Esto invertía la idea de Dios de los españoles y por supuesto descalificaba toda una estructura colonial que aniquiló,  explotó a los pueblos indígenas en nombre de intereses extranjeros disfrazados de religión.

 

5.    Conclusiones

 

·         En la época de la Colonialidad del Poder, como se ha llamado en nuestro curso, existen ejemplos claros y concretos de la defensa de los derechos humanos, en un ambiente donde en nombre de los derechos de los españoles, se aniquiló y explotó a los indígenas.

 

·         Todos los personajes, movimientos, o acontecimientos que pueden figurar en esta lista  e historia de la defensa de los pueblos indígenas, parten desde su propia cultura e instrumental de la época.  Desde  nuestra perspectiva, podrían tener ciertas limitaciones o incongruencias, sin embargo, desde su propio contexto, figuran de manera excepcional y destacada, por su claridad, la concreción de sus obras y el seguimiento de sus intuiciones.

 

·         La vida del  Hermano Pedro de San José de Betancur,  está articulada en torno a la unión de la fe y la vida histórica; es decir, que desde su inspiración y motivación profundamente humana y espiritual,  supo decidir y ubicarse en una situación de flagrante violación a los derechos humanos, no del lado del violador, sino de la víctima y desde su talante propio  proponer alternativas.

 

·         La vida y obra del hermano Pedro, desde una hermenéutica de los derechos humanos hoy, constituye no solo un discurso, sino una acción concreta a favor de los derechos sociales, económicos y culturales, para resumir en el prioritario de todo sistema democrático: la dignidad y el respeto a la vida humana.

 

·         El personaje del Hermano Pedro necesita recobrar su valor, no solo como religioso, sino como un precursor de la alfabetización y educación, como también de la historia de la Medicina en Guatemala, no se diga su alto contenido en la materia de la defensa de los derechos humanos en Guatemala.

 

Bibliografía:

  • MURATORI, Cosme Damián, Escritos  del Beato Hermano Pedro de San José Betancur,  Provincia Franciscana “Nuestra Señora de Guadalupe”, 2001.
  •   MURATORI, Damián Cosme, Fr., El perfil Histórico-espiritual del Beato Hermano Pedro de San José de Betancur y elementos originarios y constitutivos de la fraternidad Betlemita, Extracto de la disertación doctoral, Facultad de Teología, Instituto de Espiritualidad, Pontifica Universidad  Gregoriana,  Roma 2000.
  • ASTURIAS, Francisco, Historia de la medicina en Guatemala, Guatemala, 1950.
  • SAMAYOA, Otto, Vida popular del Beato Pedro de San José de Betancourt, Guatemala, 3ª. Edición, 1991
  • GONZÁLEZ ORELLANA, Carlos, Historia de la Educación en Guatemala, Guatemala, 1950.
  • Fuente electrónica://www.lasbiografias.com/santoral/300_San-pedro-de-san-jose-de-betancur/



[1] Tomado de http://www.lasbiografias.com/santoral/300_San-pedro-de-san-jose-de-betancur/

[2] ASTURIAS, Francisco, Historia de la medicina en Guatemala, Guatemala, 1050, p. 65.

[3] ASTURIAS, Francisco Ídem. P. 67.

[4] SAMAYOA, Otto, Vida popular del Beato Pedro de San José de Betancourt, Guatemala, 3ª. Edición, 1991, p. 37.

[5] GONZÁLEZ ORELLANA, Carlos, Historia de la Educación en Guatemala, Guatemala, 1950,  p. 69

[6] Ídem, p. 70

[7] Ídem,  p. 84.

[8] MURATORI, Damián Cosme, Fr., El perfil Histórico-espiritual del Beato Hermano Pedro de San José de Betancur y elementos originarios y constitutivos de la fraternidad Betlemita, Extracto de la disertación doctoral, Facultad de Teología, Instituto de Espiritualidad, Pontifica Universidad  Gregoriana,  Roma 2000, p. 90.


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