DUELO PATERNAL

Todavía escucho sus latidos. Son como una fila hormigueante de sonidos, que suben y se quedan dando vueltas en mi pecho. No puedo respirar. No oigo el eco del aire en los caracoles de los días, ni el ruido de su sombra de niño, tras las mías. Él ya no respira, y yo casi me ahogo en el intento. Ha cerrado sus ojos, y pareciera que la certera oscuridad, reina en sus sentidos. Todavía puedo ver esas dos luciérnagas que se prenden todas las noches, para guiar los surcos acuáticos de este viejo barco mío, con olor a sal, a nube, a muelle roto, y al óxido ferroso del tiempo. Su muerte, la muerte de mi hijo, ha taladrado lo deseos del abandono, la soledad, la ira y la asfixia. No puedo contenerme y como un desierto, mis lágrimas se evaporan al contacto con el aire. La muerte, ajena tal vez, es solo una vereda tenue que iluminada por una procesión de candelas y flores de colores. Pero la muerte de un hijo, es el absurdo río que corre al revés, el mudo trinar de un clarin...